UD3: LOS REINOS CRISTIANOS: CONQUISTA Y REPOBLACION (MAPAS, VIDEOS Y TEXTOS)
LOS NUCLEOS DE RESISTENCIA CRISTIANOS A LA CONQUISTA ISLÁMICA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA
Ocupación de tierras deshabitadas que se convertían en propiedad de quién las cultivaba. Predominará la pequeña (minifundio) y la mediana propiedad.
Característico del norte del río Duero y los Pirineos.
Sistema concejil (ss. XI-XII)
Territorios divididos en concejos, regidos por una ciudad o villa cabecera, a los que el rey concedía un fuero o carta puebla, que regulaba la vida municipal.
Predominará la mediana propiedad, aunque es evidente la presencia de abundantes tierras comunales (administradas por el Concejo y utilizadas por sus habitantes).
Sistema de Ordenes Militares (1ª mitad del s. XIII).
Valle del río Guadiana, Teruel y Norte de Castellón Predominarán los latifundios (propiedades mayores de 100 has.) dirigidos a la explotación agropecuaria.
Sistema de Repartimientos (2ª mitad del s. XIII-s. XV).
Valle del río Guadalquivir y litoral sur Levantino.
Adquisición de grandes latifundios por parte de la nobleza, las órdenes militares y la Iglesia.
Estaban formadas por monjes-guerreros que vivían en monasterios-fortaleza. Como monjes que eran estaban sometidos a las normas (regla) de su orden religiosa. Y como guerreros, combatieron a los musulmanes y participaron en las repoblaciones.
Nos, Jaime, por la gracia de Dios rey de Aragón y de Mallorca y conde de Barcelona […], os prometo a vos, rey Zayyan […], que vos y todos los moros que quieran salir de Valencia, que se vayan y que salgan salvos y seguros con sus armas y con todos sus arreos […].
Además, queremos que los moros que así lo quieran, se queden en Valencia en nuestra fe, salvos y seguros, y que se pongan de acuerdo con los dueños que tienen las heredades. […]
Capitulación del rey de Valencia. Crónica de Jaime I, 1238
Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099), más conocido como el “Cid Campeador” fue un caballero castellano perteneciente a la pequeña nobleza (un infanzón), sin fortuna ni propiedades. Aspiraba a convertirse en un gran señor, por lo que todas sus andanzas fueron encaminadas a conseguir tal fin. Formó una mesnada (soldados armados bajo sus órdenes) que puso al servicio de cristianos y musulmanes. Lo que le valió el destierro de Castilla por Alfonso VI. Llegó a conquistar Valencia (1094) y crear una taifa bajo su gobierno. Pero cayó en manos almorávides tras su muerte en el 1099.
Sus hazañas tuvieron mucha repercusión en las crónicas cristianas. Cien años después de su muerte, en el siglo XIII, se escribió el Cantar del Mío Cid. Un poema con sus gestas en lengua romance, de casi 4.000 versos en el que se entremezclan leyenda y realidad. Sus símbolos (espada Tizona y caballo Babieca) y hazañas contribuyeron a convertirlo en un caballero heroico y en un mito de la edad media castellana, y de nuestra historia de España
texto sobre la batalla de Covadonga
«Pelayo estaba con sus compañero en el monte Aseuva, y el ejército de Alqama llegó hasta él y alzó innumerables tiendas frente a la entrada de la cueva.
El predicho obispo (obispo visigodo Oppas, aliado con los árabes) subió a un montículo situado ante la cueva dominica y habló así a Pelayo: «Pelayo, Pelayo, ¿dónde estás?».
El cual, desde una ventana, dijo en respuesta: «Aquí estoy».
Al cual el obispo: «Juzgo, hermano e hijo, que no se te oculta cómo hace poco se hallaba toda España unida bajo el gobierno de los godos y brillaba más que los otros países por su doctrina y ciencia, y que, sin embargo, reunido todo el ejército de los godos, no pudo sostener el ímpetu de los ismaelitas, ¿podrás defenderte en la cima de este monte? Lo que me parece difícil. Escucha ciertamente mi consejo y haz volver tu ánimo de esta decisión, para que goces de muchos bienes y disfrutes de la amistad de los caldeos».
[…] Pelayo dijo: «Cristo es nuestra esperanza; que por este pequeño montículo que ves sea España salvada y reparado el ejército de los godos. Confío en que se cumplirá en nosotros la promesa del Señor […]»
El obispo, vuelto entonces al ejército, dijo: «Acercaos y pelead. Ya habéis oído cómo me ha respondido; a lo que adivino de su intención no tendréis paz con él, sino por la venganza de la espada».
Por su parte ahora ya el predicho Alcaman mandó comenzar el combate, y los soldados tomaron las armas. Se levantaron furibundos, se prepararon las hondas, brillaron las espadas, se encresparon las lanzas e incesantemente se lanzaron saetas. Pero al punto se mostraron las magnificiencias del Señor: las piedras que salían de los fundíbulos y llegaban a la casa de la Santa Virgen María, que estaba dentro de la cueva, se volvían contra los que las disparaban y mataban a los caldeos. Y como Dios no necesita las lanzas, sino que da la palma de la victoria a quien quiere, los cristianos salieron de la cueva para luchar contra los caldeos; emprendieron éstos la fuga, se dividieron en dos sus destacamentos, y allí mismo fue al punto muerto Alcaman y apresado el obispo Oppas. En el mismo lugar murieron ciento veinticinco mil caldeos.
Los sesenta y tres mil restantes subieron a la cumbre del monte Auseva y por el lugar llamado Amuesa descendieron a la Liébana. Pero ni éstos escaparon a la venganza del Señor; cuando atravesaban la cima del monte que está a orillas del río llamado Deva, junto al predio de Cosgaya, se cumplió el juicio del Señor: el monte, desgajándose de sus cimientos, arrojó al río de los sesenta y tres mil caldeos y los aplastó a todos.
Crónica de Alfonso III (versión rotense).
Texto de la conquista de Toledo de el Rey Alfonso VI (1085)
«Este año se puso en marcha Alfonso con un ejército innumerable de cristianos, de francos, vascones, gallegos y cruzó Al-Ándalus, deteniéndose ante cada una de sus ciudades, devastando arruinando, matando y cautivando, para ir luego a otra. Acampó ante Sevilla y permaneció allí tres días, asoló su región y la deshizo, arrasando en el Aljarafe muchas aldeas. Hizo lo mismo en Sidonia y su región; luego llegó hasta la isla de Tarifa, metió las patas de su caballo en el mar y dijo: «Este es el final del país de Al-Ándalus y lo he pisado». Luego volvió a la ciudad de Zaragoza, la sitió y juró no levantar su cerco hasta que la tomase, o que la muerte se interpusiese entre él y su propósito: era la ciudad que más quería ganar de todo Al-Ándalus. Su emir, al-Musta’in ben Hud, le envió todo el dinero que pudo, pero no se lo recibió y dijo: «La ciudad y el dinero son míos».
Envió a todas las capitales de al-Ándalus tropas que las estrechasen, con asedio. Apoderóse de la ciudad de Toledo en el año 477 [10 de mayo de 1084 a 28 de abril de 1085]. Cuando los emires de Al-Ándalus vieron esto, convinieron en que pasase el estrecho Yusuf ben Tachfin (Yusuf ibn Tashufin), y le escribieron todos, pidiéndole ahincadamente socorro y que impidiese al enemigo ahogar a Al-Ándalus: que ellos serían con él una sola mano en la guerra santa contra los infieles».
Ibn Abi Zar. Rawd al-Qirtas. (Historia de Marruecos).
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